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11 de septiembre de 2011

Las fotografías de aquel 11 de septiembre

Cómo trabajaron los fotógrafos aquella mañana en la que el terror sacudió Nueva York 
No había redes sociales, ni nadie iba por el mundo haciendo fotografias con el móvil para subirlas luego a Internet. Hoy, después de una década, unos atentados como aquellos en una ciudad como Nueva York produciría más imágenes, muchas de ellas tomadas por meros aficionados, que las compartirían sin ningún tipo de filtro a través de Facebook o Twitter. Pero esa mañana de hace 10 años, el trabajo de fotógrafos profesionales fue el que produjo la mayor parte de esas imágenes que hoy recordamos. Esta es la historia de cómo trabajaron algunos de ellos aquel día. 
El último trabajo de un fotógrafo. En la mañana del 11 de septiembre de 2001 el fotógrafo Bill Biggart (54 años) se metió de lleno en la Zona Cero, poco después de que dos aviones se estrellaran contra las Torres Gemelas, en el peor ataque terrorista sufrido por EE UU. Llevaba consigo dos cámaras de carrete Canon Eos-1 y una digital D30 de la misma marca. Biggart, como muchos fotógrafos de su generación, se sentía más seguro en el mundo químico que en el nuevo digital. 
El cuerpo de Biggart fue hallado dos semanas después de los atentados junto a su bolsa con las tres cámaras destrozadas y varios carretes reventados y seguramente expuestos a la luz, lo que les hacía inservibles. Su viuda Wendy , sin saber muy bien qué hacer, llamó a su colega y amigo Chip East, que rescató de la tarjeta digital la mayoría de las 150 fotografías que Biggart tomó. 
A través de ellas, East reconstruyó la última hora de trabajo, la última hora de vida de su amigo. "Está cada vez más cerca, a medida que avanzas [por las fotos] ves la reacción de las personas, cómo la gente se está manejando con todo eso... Todas las fotos de Bill son sobre personas y cómo reaccionan en esta historia", explicaba East en un artículo publicado en The Digital Journalist. 
La última imagen la tomó a las 10.29, cuando se vino abajo el edificio del hotel Marriott, tras la caída de la primera torre. Por la localización de su cuerpo, se sabe que Biggart murió cuando se colapsó la segunda torre.La guerra en casa. James Nachtwey y Steve McCurry, dos fotógrafos con una basta experiencia en zonas de conflicto, se encontraban ese día en su ciudad de residencia, Nueva York. Se pasaban la mayor parte de su tiempo viajando fuera de EE UU, en zonas de conflicto, pero esa mañana el horror que tanto habían documentado se presentó en sus ventanas. 
Nachtwey es un tipo meticuloso y perfeccionista, como se puede ver en el documental War Photographer, en el que se le seguía con una cámara subjetiva mientras fotografiaba en Kosovo o Palestina. La edición de esos trabajos, según se ve en el documental, le llevó días de revisión y vuelta a mirar los contactos. Sin embargo, Nachtwey no ha vuelto a acercarse a las fotos que hizo aquella mañana del 11 de septiembre hasta que este año se lo pidió la revista Time, donde en una entrevista reconstruye esa jornada que se saldó con 27 carretes de fotos. 
Estaba en su loft neoyorquino, en un mañana inusualmente clara, cuando vio como unos vecinos miraban desde un tejado cercano y con gesto atónito hacia la zona de las torres. Desde otra ventana, Nachtwey pudo reconocer el horror tantas veces visto por sus ojos a unos cuantos kilómetros de su casa. Como todos los fotógrafos de esta reconstrucción, no lo dudó y corrió hacia el World Trade Center. 
"Siempre estaba fuera, implicado en las tragedias de otras personas y situaciones difíciles, y volver a América era siempre un refugio", cuenta en Time. "Pero ahora la guerra nos había tocado a nosotros, y pienso que nos convertimos en parte del mundo como nunca lo habíamos sido antes". 
Allí estaba a las 10.29 cuando la primera torre se vino abajo. "Visualmente era impresionante", recuerda en la entrevista, "una de las cosas más bellas que había visto jamás. Pero me iba a matar y no había tiempo de tomar una foto". Nachtwey logró refugiarse en un hotel cercano, asfixiado por el polvo procedente del primer colapso. "Había policías y bomberos haciendo su trabajo, siendo muy profesionales", cuenta, "yo por mi parte recordé lo importante que era tratar de fotografiar. Era lo único que podía hacer, era mi simple tarea". Time ha publicado una selección de ese día, revisada por el propio autor, con fotografías hasta ahora inéditas, que en los dos primeros días superó los dos millones de visitas. 
Steve Mccury se despertó esa mañana a las 6. El fotógrafo de la agencia Magnum no podía dormir porque acababa de regresar de un largo viaje y sufría de jet lag. "Un poco más tarde llamó la madre de mi asistente para decirnos que nos asomáramos a la ventana para ver al World Trade Center en llamas", cuenta en su web. "Lo más irónico era que había cubierto guerras como la del Golfo Pérsico, Líbano, Afganistán, Filipinas y ahora podía tener esas particulares escenas subiendo del noveno al vigésimo piso de mi edificio de apartamentos". 
McCury es de esa clase de fotógrafo que le gusta controlar la luz, el ángulo y todos los factores que componen una fotografía, como la de la niña afgana, su imagen más conocida. "Trataba siempre de manejar todo al mismo tiempo. A veces eso no es posible, como aprendí el 9/11", recordaba recientemente en una entrevista para el fabricante de cámaras Leica. "Ese día, tuve que confiar en mis cámaras reflex porque no podía pensar en ningún tipo de variables de las fotos". 
Sus imágenes, primero distantes, desde esa azotea del edificio donde vivía, y luego en el corazón del horror, mucha más próximas, pueden verse en su blog o en la selección publicada por la revista Slate. Acostumbrado a la tragedia, Mccurry se sintió incapaz de editar con sus propios manos ese trabajo hasta pasados siete años, como confesaba en una entrevista donde explicaba una exposición con imágenes del 11-S inaugurada en 2008.
La imagen controvertida, imágenes icónicas. Richard Drew era ya un curtido fotógrafo en septiembre de 2001. Fue uno de los pocos fotógrafos que el 5 de junio de 1968 pudo fotografiar a Robert Kennedy poco después de ser tiroteado en un hotel de California. No dudó en tomar esa imagen, como tampoco lo haría con una de las imágenes más escalofriantes del 11-S. 
Aquella segunda semana de septiembre Drew tenía el encargo de cubrir, como años anteriores, la Semana de la Moda de Nueva York para AP, la agencia para la que trabajaba. Pronto recibió la orden de dirigirse a las torres gemelas que estaban en llamas. Estaba tomando imágenes, cuando escuchó una voz que le decía "¡Mira!". Instintivamente, Drew apuntó hacia arriba y vio cómo personas se precipitaban al vacío, a sabiendas de que no tenían otra salida. "Hice algo así como cambiar a piloto automático y empecé a tomar imágenes de la gente cayendo desde el edificio", recuerda en una entrevista para AP. Captó una de las imágenes más icónicas y controvertidas del 11 de septiembre: El hombre cayendo. En EE UU solo The New York Times se atrevió a publicar esa imagen, lo que le valió un aluvión de críticas. "Espero que 10 años más tarde la gente sea capaz de mirar esa fotografía", explicaba en una entrevista al diario británico Telegraph. 
Nada se sabe de quién era aquel hombre, que como muchos otros, se arrojó al vacío. Tom Junod intentó averiguar quién estaba detrás de esa imagen en un artículo publicado en Esquire, con escaso éxito. En el campo de la ficción, Don DeLillo se inspiró en aquellas personas que se arrojaron al vacío - se evita la palabra suicidio en estos casos en los medios estadounidenses - para su novela también titulada 'Falling Man'. 
La autocensura de los medios estadounidenses hizo que apenas se vieran escenas de horror, de muertos. Por otro lado, la mayoría de las víctimas quedaron sepultadas entre los escombros, por lo que los cadáveres no fueron tan visibles. Una década después The Atlantic ha publicado imágenes como la que tomó Drew y que hasta hoy no se habían visto en medios estadounidenses. 
Aquella fotografía se quedó a las puertas de ganar el World Press Photo de 2001, el galardón anual más importante del fotoperiodismo. Obtuvo un meritorio tercer puesto en la categoría de noticias de última hora. Con semejante ataque en una de las ciudades con más fotógrafos por kilómetro cuadrado, el 11-S se llevó cinco premios en distintas categorías. Muchas de esas imágenes, 10 años después, siguen en la memoria colectiva, y poca gente se acordará que ese año el galardón se lo llevó Erik Refner con la impactante imagen de un niño muerto de deshidratación en Pakistán. 
El otro gran galardón, el Pulitzer, reservado solo para las fotografías publicadas en medios estadounidenses, se le llevó el equipo del The New York Times por todo el trabajo realizado esos días en su ciudad. 
Gulnara Samoilova, también de AP, vio reconocido su trabajo aquel día con uno de esos cinco galardones del World Press Photo. 
Samoilova se despertó por el ruido de las sirenas de bomberos. Puso la televisión, y se enteró de lo que pasaba a cuatro bloques de su casa. Tomó su cámara, con un objetivo de 85 milímetros. Estaba muy cerca de la primera torre, cuando escuchó cómo alguien gritaba: "¡Corred!". Samoilova se refugió bajo un vehículo, y hasta que no pudo levantarse pensó que había quedado sepultada viva. Cambió de lente, una con mayor ángulo, y cargó otro carrete en su cámara. Fue entonces cuando tomó la fotografía, una de las más representativas del 9/11: en ella un grupo de personas cubiertas de polvo camina perdida poco después de que se desplomara la primera torre. "Me encanta esa foto. Para mí se parece a una escultura. Como congelados", recuerda en una entrevista para la agencia para la que trabajaba. "Me pasé llorando casi a diario", cuenta. Una década después, Samoilova ya no trabaja para la agencia AP y se ha alejado del fotoperiodismo. Hoy documenta la felicidad, en forma de bodas, en su propio estudio. 
El País - Moeh Atitar de la Fuente

3 de septiembre de 2011

Emergencias Cape May (Nueva Jersey) - Huracán Irene


Miembros del equipo de emergencias de Cape May

Miembros del equipo de emergencias de Cape May

MEL EVANS (ASSOCIATED PRESS) | 28-08-2011
Miembros del equipo de emergencias de Cape May, en el Estado de Nueva Jersey, contemplan el estado del mar mientras el huracán Irene se acerca a la costa

20 de enero de 2009

Barack Obama ejerce de voluntario

Obama incita al servicio comunitario acudiendo a un hogar para jóvenes. "Queremos usar internet para organizar a la gente y reconstruir América", proclama.

Ibn Qadir Asad Abdul Wali salió de la cárcel en agosto tras cumplir tres años de condena "por drogas". Tiene 25 años y dejar atrás el pasado no siempre resulta fácil, sobre todo porque sigue viviendo en el sureste de Washington, en uno de los barrios más pobres y con más problemas de violencia y drogas de la capital de EEUU, y porque allí siguen también los que eran sus "asociados". Pero está empeñado en cambiar el rumbo, sobre todo porque se niega a que su hermana pequeña, Temeka Whitaker, caiga en las mismas trampas.

Barack Obama escuchó ayer sus problemas y sus retos. Personalmente. Y se puso a trabajar con el muchacho negro. Literalmente. Arremangándose la camisa, Obama cogió un rodillo y dio una manita de pintura azul celeste a las paredes de la Sasha Bruce House, el único refugio para adolescentes sin hogar que hay en la capital y que está en proceso de renovación.

DÍA NACIONAL DE SERVICIO
El propio Obama había decretado en la jornada de ayer, la fiesta en homenaje a Martin Luther King, un día nacional de servicio, intentando alimentar en los estadounidenses un espíritu de cooperación similar al que ha impulsado su victoriosa campaña hasta la Casa Blanca. Y predicó con el ejemplo. "Todo el mundo puede ser grande porque todo el mundo puede servir", dijo Obama, citando a King y con el hijo de este a su lado.

Para Deborah Shore, la mujer blanca que en 1974 fundó el centro de acogida de menores, la visita de Obama hablaba más que casi cualquier discurso. "Dice mucho de quién es, alguien con los pies en el suelo que quiere escuchar ideas y ver cómo puede ayudar", decía sentada en la planta baja de la casa del 1022 de la avenida Maryland.

En la planta superior, Matthias Hollwich daba retoques de pintura en la misma sala en que pintó Obama y que se va a convertir en uno de los tres dormitorios del refugio para adolescentes. Hollwich es alemán, tiene 38 años, trabaja en un estudio de arquitectura en Nueva York y ya había sido voluntario en la campaña de Obama. "Él ha ayudado a crear una nueva sensación de comunidad", decía, y apuntaba a otra realidad que explica el éxito de la reorganización comunitaria. "Hoy la sociedad está más unida y a la vez más desconectada por internet. Y Obama ha usado la parte de unión".
El propio Obama había lanzado ese mensaje ante las cámaras en uno de sus actos comunitarios de un día en el que también acudió a un hospital de veteranos y en el que 5.000 organizaciones de voluntarios respondieron a su llamada de trabajar por la mejora de la sociedad. "Internet es una herramienta asombrosa para organizar a la gente --dijo--. Lo hemos visto en la campaña, pero no queremos usarlo solamente en las elecciones, queremos usarlo para reconstruir América".

ENERGÍA
Un par de horas después de que Obama abandonara la Sasha Bruce House rumbo a otros de sus actos comunitarios del día, en el refugio aún se sentía la energía de su visita. Y allí seguía el hombre que la había hecho posible, un miembro del equipo de preparación de los actos de toma de posesión. Pidiendo el anonimato porque no tiene autorización para hablar como portavoz del presidente electo, este hombre insistía en que la elección de esa casa fue muy consciente. "Hay una diferencia entre el voluntariado y el servicio comunitario. Obama apuesta por actividades que duren. No se trata de trabajar un día dando comida a los pobres: se trata de enseñarles a cocinar".
Este miembro del equipo del nuevo presidente comparte con él, además, el color de la piel. Y explicaba orgulloso que Obama "ya está teniendo un efecto real en la gente. Ahora hay mucha gente que, aunque simplemente sea por el hecho de que ha llegado a la Casa Blanca, camina con la cabeza más alta", decía, para añadir riendo: "¡Además, me encanta tener un presidente que es más inteligente que yo!".

20/01/2009 Idoya Noain – El Periódico de Aragón
No es fácil que un líder mundial arrime el hombro por causas “anónimas”, pero ayer pudimos ver a un Barak Obama, relajado, rodillo en mano, en camisa y con las mangas remangas, pintando en color azul celeste las habitaciones de un hogar para jóvenes (Sasha Bruce House).

Parecía la típica estampa a la que estamos acostumbrados a este lado del océano, a la hora de pegar carteles al inicio de cada campaña electoral, salvo que esta vez el voluntario era el ya presidente electo de EEUU a poco menos de 24 horas de jurar el cargo, dando un ejemplo de solidaridad alentando al servicio comunitario. Por un momento compartió problemas y proyectos en una jornada declarada como día nacional de servicio, al tiempo que citaba palabras de Martín Luther King “Todo el mundo puede ser grande porque todo el mundo puede servir”.

Su aplicación en el voluntariado debe de ser real y no solo el sueño de un ideal. La actitud de este excepcional voluntario no puede quedar relegada en el olvido por una sociedad que tiende a la imitación. Imágenes como estas deben repetirse en cualquier lugar que precise servicios comunitarios y que tengan como recurso de base al voluntariado.

El voluntariado es un derecho social, incomprendido por algunos y olvidado por otros, que la mayoría de las veces, solo demanda de un reconocimiento público que descubra todo su potencial.